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martes, 1 de diciembre de 2009

Paso a nivel


Aquella noche en la que, galante, le cedí el paso, nuestras miradas se cruzaron durante tres décimas de segundo, quizás cuatro. En tan brevísimo lapso es imposible apreciar el movimiento, pero a mí aquella hermosa desconocida se me figuró inmóvil, ensimismada, olvidada del mundo. En la oscuridad de la noche, la vertiginosa sucesión de ventanas iluminadas que desfilaba ante mí, impresionando mis retinas con escenas de viajeros, había ido tejiendo rutinariamente un cortometraje tedioso de gente anónima y gris, hasta que de repente llegó aquél último fotograma luminoso en el que aparecía ella, radiante y bellísima, como una antigua estrella hollywoodiense. La improvisada película acabó abruptamente, sin preámbulos, sin ningún the end ni fanfarrias orquestales, sin títulos de crédito que me revelasen el nombre de mi recién descubierta musa; sin más banda sonora que el sonido de un tren alejándose en la noche oscura, y la estridente sinfonía de pitidos de claxon de los coches que aguardaban detrás de mi a que volviera a la realidad y me decidiera a reanudar la marcha. Desde entonces, cada vez que las barreras me detienen en medio de la noche en un paso a nivel, me preparo con cierto nerviosismo para visionar un nuevo estreno universal de aquel corto, por si volviera a verla en aquella postrera ventana del furgón de cola de un tren irrepetible.


INSTANTE

Yo te busqué en el mar, por si cautiva
te hallabas de corales telarañas;
inspeccioné la tierra y sus entrañas
sin encontrar tu forma fugitiva.
Después busqué en la llama destructiva,
por el desierto yermo, en las montañas;
en las piedras y el aire mis hazañas
pude escribir con sangre, con saliva.
Hoy reviví tu imagen un momento,
como espejismo turbio de aquel día:
El tren pasó, y en un departamento
te descubrí de pie, inmóvil, fría,
musa de un fotograma ceniciento,
y en ese mismo punto te perdía.



sábado, 28 de noviembre de 2009

Universo lorquiano

Una de las lecturas poéticas de juventud que más impresión me causó fue el Romancero Gitano de Federico García Lorca. Apasionado con mi descubrimiento del malogrado poeta granadino, enseguida devoré con fruición su principal producción teatral (La casa de Bernarda Alba, Yerma, etc.) y quedé embebido de esa mágica musicalidad y del heroísmo dramático de sus personajes, sometidos y doblegados por el peso de la tradición, de la superstición, del implacable sino que los arrastra. Las riñas, los duelos, el honor, el luto, el negro destino, son motivos constantes en la lírica de García Lorca. Los dos poemas siguientes son una clara muestra del influjo que aplicó a mis primeros versos el de Fuente Vaqueros.



REYERTA

Por la calle negra bajan dos sombras
largas, filosas, amoratadas,
y en el dintel de tu puerta siempre se clavan.
Por la calle negra ruedan, perdidas,
dos bolas de nácar vestidas de escarcha,
y entre sollozos siempre te llaman.
En la calle negra yacen dos hombres
que por tu mirar a hierro se matan.
Por la calle negra ya no baja nada.
Mi cuerpo es arena; mi alma te aguarda.

22 de mayo de 1990



NIÑA GITANA

A la vera de la lumbre
canta la niña gitana.
Puede que la luna escuche
sus tristes ayes de plata,
y a la par que suenan, sufren
las cuerdas de una guitarra.
Con los ojos desbordados
y el corazón incendiado
está mi niña gitana.
Tiene en su pecho serrano
y en sus cabellos trenzados
varias flores de retama.
Y bajo el hierro cansado,
en los jardines del alma,
un Cristo Crucificado.
Dejad que cante su pena,
dejadla sola en el campo
hablando con las estrellas.
No vayáis a la montaña
con cascabeles ni ruedas,
porque sola en la ladera,
entre jazmines de azufre,
canta mi niña gitana
a la vera de la lumbre.
Puede que nadie la quiera,
que ni la luna la escuche.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Confusión

No sé si estoy vivo o muerto
cada vez que te leo, Poesía.
Sin embargo, cuando escribo
se amplifica el desconcierto:
si muriera, estaría vivo;
si viviese, moriría.

jueves, 26 de noviembre de 2009

El alzheimer del espejo


Cuando alguien muere, la casa donde ha vivido parece enlutecer. Los mismos muebles, antes cálidos y cercanos, se tornan inquietantes y sombríos. Los goznes de las ventanas se entumecen por la falta de ejercicio, la noche se hace eterna en los armarios, y el aire no renovado se corrompe en un sepulcro de noventa metros cuadrados. Las sillas se asalvajan, sin nadie que las monte; el polvo nieva de olvido los platos de la cocina; toda la casa llora, silenciosa, ultrajada... Pero el mayor desapego jamás hallado en el ajuar doméstico se concentra en los desmemoriados espejos, incapaces de recordar por un mínimo instante la figura de su dueño, por tantos años reflejado; tan cómplices y confidentes en el trato, pero tan ajenos y descastados en la ausencia...



EL ESPEJO

Hoy he visto deslizarse una lágrima
por la calle en la que vives, sultana;
iba grande, plateada, vistiendo
los adoquines renegridos
(a menudo confesores de mis plantas)
con el musgo adormecido de los años,
con el polvo implacable que sepulta las esferas.
Y he caminado después por las ruinas de tu casa,
y he visto, roto, en el suelo,
el espejo desgastado tantas veces
por tus curvas, por tus vértices.
¡Ay, copista infiel de tus risas,
de tus llantos y tus sueños!
Con mil brillos diamantinos
el astronómico suelo de tu alcoba
llora conmigo tu muerte, sultana.
Afuera, un gato incierto
maúlla, ajeno al desastre.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Muerte y eternidad

La obsesiva idea de la muerte es una presencia permanente en mi poesía, sobre todo en mis primeras composiciones. La desaparición humana, en sí misma, no tendría nada de catastrófico si no se percibiera como el final irremediable de un viaje sin continuidad ni retorno; un carpetazo definitivo a todo lo aprendido desde el minuto uno de nuestra existencia, lo cual lleva a considerar la experiencia vivida como una absurda y mayúscula pérdida de tiempo. Al plantearnos esta abrumadora papeleta, la naturaleza finita de nuestro cuerpo choca frontalmente con las aspiraciones de eternidad de la conciencia. Un terremoto de emociones sacude entonces nuestro interior y la más inexpugnable de las voluntades se cortocircuita, se colapsa en un bucle sin respuestas, se deja envenenar por la más belicosa y amarga de las sensaciones: la angustia.


"Siempre" (de Desiderium)


No es ahora.
No es mañana.
Sólo siempre.
Deja la pesada piedra
que tus huesos se retuercen.
Ven a dormir a mi lecho...
para siempre.
No tengas miedo al silencio,
al sonido de lo inerte.
Ven a acariciar la tierra...
para siempre.
Verás el sol de la noche
cómo penetra en tu frente,
y los helados inviernos
se avergonzarán al verte.
Deja que pose mi mano
entre tus gélidas sienes,
sobre tus ojos amargos,
junto a tu boca sin dientes...
para siempre,
para siempre,
para siempre.



"Llama a la dama que venga" (de Desiderium)


Llama a la dama que venga,
y que ponga la azucena
sobre mi blanca cabeza.
Que mis ojos, malheridos
por los cantos del destino,
se posen en su figura.
Mas si no encuentra el camino
pídele que siga el fino
sendero de la amargura,
y en la vereda, dormido,
me encontrará ensombrecido,
alma de polvo desnuda.
Y si el tiempo me acomete
y las Horas me desgarran
las carnes con sus tridentes,
no pienses que ello me duele,
que más apena la espera
del viento que va y no vuelve.
Cuando estén mis ojos secos
y el corazón desdentado,
cuando ver no pueda el cielo
y muera el sol a mi lado,
llama a la Dama que venga,
y que pose su guadaña
sobre mi blanca cabeza.



El inexorable paso del tiempo es, a veces, el foco temático, reviviendo el universal motivo de la fugacidad de la vida: el tiempo es una apisonadora, sigilosa, lenta, pesada..., y eficaz:




El arcón (de Desiderium)

Tenía mi abuelo un arcón
grande, de noble madera,
en el que guardaba el sol
y el olor a primavera.
En él habitaba la vida,
su ilusión y su esperanza;
arca de plata tupida,
tumba de muerte adornada.
Entre bolas de alcanfor
una flor mojada en llanto
dormía con el arcón.
Y la carcoma, entretanto,
probaba que, a la sazón,
también muere el palosanto.