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martes, 7 de diciembre de 2010

El manuscrito deshabitado

El manuscrito deshabitado es una novelita corta que escribí en la primavera del año 2009. Está dotada de un carácter marcadamente metaliterario, pues hace una reflexión en tono de humor sobre el proceso mismo de la escritura, de la propia creación narrativa. A continuación reproduzco las primeras páginas del texto. El libro completo puede conseguirse en www.lulu.com, en versión papel, por 13,93€, y en formato PDF, al precio de 6,25€.
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Carbajosa de la Sagrada, 26 de abril de 1994.

Estimado señor Tordesillas:

Lo primero de todo debe ser presentarle a usted mis más sinceras disculpas por la tardanza en contestarle, lo cual no ha sido por desidia, antes al contrario: como he considerado que los delicados sucesos de los que usted me pide detalles merecen ser abordados con cierta escrupulosidad, me he permitido redactarlos de mi puño y letra, agrupándolos en el cartapacio que le adjunto, en el que vienen relatados con rigor. Le ruego que disculpe los defectos que mi modesto escrito pueda presentar (que no serán pocos, a buen seguro) y sepa que ha sido elaborado con la única ambición de que pueda servirle de borrador, para que su pluma, con la inefable maestría que la caracteriza, sea capaz de tejer un brillante relato.

Expresándole mi más profundo respeto y admiración por su trabajo, reciba un cordial saludo de este su seguro servidor.

Afectuosamente:


Alfonso Mena Urrutia

P.D.: Encontrará intercalados entre las páginas algunos recortes del periódico local, haciendo referencia al asunto.
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Laboratorio era un mundo rectangular, de techo alto, altísimo. Las paredes, siquiera sin enjalbegar, mostraban, impúdicas, su rojiza desnudez de adobe. El suelo, de baldosas desconchadas y cariadas por el efecto de la humedad, revelaba aún sus antiguos tonos claros, si bien bastante renegridos o enmohecidos por una especie de pátina verdosa. Desde el techo, como un arácnido por su tela, se descolgaba el sol, que estaba encerrado en una polvorienta bombilla adornada con una caperuza de papel de seda. La luz incidía de plano sobre una mesa, la mesa de los chirimbolos, que decía Pablo, cuyo tablero, por mera observación, no se podría asegurar que en realidad existiera si no fuese por la evidente razón de que aquella ingente cantidad de objetos y herramientas tenía que descansar sobre algo. Allí, las tuercas, los destornilladores, las llaves inglesas, los pequeños estuches repletos de fusibles, de transistores o de resistencias, los soldadores, los rollos de estaño, y una infinidad de raros utensilios con nombres seguramente aún más raros, se revolvían en una caótica nube de brillos metálicos. Por los cajones entreabiertos se asomaban abigarradas marañas de cables de diversos calibres, que se entregaban a las más anárquicas formas, olvidados para siempre del disciplinado rigor helicoidal de su configuración primera. A dos o tres pasos de la mesa se erigía un descomunal y destartalado aparato, que bien habría podido ir de bracete con la improvisación y la chapucería: venía a ser algo así como un armario ropero lleno de diodos, luces y displays, con manecillas que no eran sino mangos de cucharas, y pantallas de cuarzo líquido extraídas de relojes viejos o de algún que otro videojuego de esos de bolsillo, adheridas de cualquier manera al tablero de aquel inmenso artefacto. Destacaba, en su frontis, un pequeño buzón situado en la parte inferior izquierda, un extraño abultamiento en su parte más alta, y un gran hueco cubierto con una larga cortina, a la derecha, que daba al artilugio un cierto aire de fotomatón. Desde su panel dorsal, una gruesa manguera serpenteaba por toda la estancia y venía a conectarse en su extremo al puerto serie de un ordenador que había sobre una pequeña mesa de escritorio, junto a la pared. Podría decirse que ése era el puesto de mandos en el que Pablo pasó las varias semanas que tardó en elaborar todo el entramado informático del experimento.

También pegado a la pared había un pequeño catre, siempre cubierto por un montón de papeles y libros que Pablo no recogía nunca. Muchas veces solía suceder que, estando acostado, se revolvía durante horas molesto por algo que le incomodaba, hasta que se lograba sacar de la espalda algún papel recio y arrugado que tal vez había echado de menos desde hacía varios días. Junto a los pies de la cama había un palanganero a la antigua usanza, con una jofaina blanca y un espejo, y un poco más allá, sobre una gran peana de cerámica, un macetón negro sobre el que se erguía, colosal, un gladiolo de dimensiones extraordinarias. La planta, si en su juventud creció enhiesta, cuando se encontró con el techo se debió desquiciar, y comenzó a arquearse, para después replegarse hacia el suelo, hasta adoptar por fin su aspecto definitivo -como un gran signo de interrogación-, el cual parecía sumirla en una eterna y pasiva perplejidad.

Laboratorio tenía un satélite llamado Blanca Paloma, que se hacía visible cada dos horas, durante unos tres minutos. No me es posible precisar ningún detalle sobre otras peculiaridades del astro, como su trayectoria exacta, su origen, su masa real o su naturaleza. Lamentablemente, sólo puedo atenerme a los aspectos físicos y puntuales que exhibía en el entorno de Pablo. Blanca Paloma, durante esos tres minutos en que cruzaba Laboratorio, tenía la apariencia de una mujer joven todavía, con el atractivo ajado que los años consienten en los rostros que se supieron bellos, angulosa en las facciones, corpulenta, los ojos vivos, la tez morena, el porte digno, aunque a menudo éste se dejara intimidar por un perpetuo malhumor que se solía traducir en frecuentes exabruptos y actitudes prosaicas que rayaban en la mera grosería. Vestía de blanco desde la diadema a los zapatos, que en realidad eran unos zuecos; una blusa, una falda sencilla, unas medias y una bata, rivalizaban a muerte en blancura sobre su cuerpo. Desde su garganta solía desatarse un timbre pantagruélico sólo comparable a la sirena de un petrolero, para articularse en frases tan tremendas como ésta: “¡Mala carretilla me corra, er carvario que tengo yo con este tío mierdoso!”. Luego, mascullando otros disparates, limpiaba un poco el polvo, recogía los vasos y los platos sucios, y desaparecía.

Blanca Paloma desconocía por completo la empresa de Pablo, dado que él, precavido de sus entradas, siempre procuraba interrumpir lo que estuviera haciendo pocos minutos antes de su aparición, apresurándose a cubrir la gran máquina con una sábana, y esconder todo aquello que pudiera delatarle. Entonces se arrellanaba en la cama y fingía leer algún libro, o si no, se hacía el dormido. Otras veces le daba por hablar en voz alta, canturrear, hacer gimnasia, o simular cualquier carnavalada que en ese momento se le ocurriera. En cierta ocasión, se le fue a Pablo el santo al cielo y no se dio cuenta de que Blanca Paloma estaba al caer, hasta que por fin entró y le vino a sorprender trajinando con un tubo de aluminio entre las manos. Su mente, tan pronto como notó aquella presencia, tuvo el suficiente despejo como para definir en décimas de segundo cuál era su única alternativa: sin dar tiempo a que los ojos de Blanca Paloma le escrutaran, Pablo asestó un tremendo golpe a la bombilla, cuyos cristales se oyeron tintinear por toda la habitación. A fin de disimular, Pablo adobó su interpretación con espeluznantes alaridos, acometiendo al aire con el tubo, dando bandazos a voleo, muchos de los cuales llegaron, incluso, a descargar sobre las costillas de Blanca Paloma que, con su voz aguardentosa, gritaba y maldecía como nunca.

No trajeron mayores consecuencias aquellos sucesos, que se olvidaron pronto. No obstante, continuaron los fingimientos por parte de Pablo para preservar en secreto su trabajo. Los primeros días pudo notarse cierta extrañeza en el gesto de Blanca Paloma al ver el armario cubierto por la sábana, pero lo debió tomar como una majadería más de Pablo, pues nunca llegó a sospechar que aquel sudario ocultaba a sus ojos la profunda metamorfosis que el ropero estaba experimentando.

jueves, 31 de diciembre de 2009

La biblioteca de Baskerville (III)

Cuando murió la esposa de don Alejandro, la biblioteca de Baskerville ya llevaba cerca de dos años funcionando. Su inauguración fue realmente uno de los actos más celebrados en la historia del pueblo, ambientado con la masiva asistencia de curiosos de localidades próximas, y divulgado para todo el país por un periódico de la capital, que publicó en su edición del día siguiente un amplio reportaje sobre la celebración. Doña Minerva tampoco quiso perderse la ceremonia, y aunque don Alejandro le pidió que lo acompañara en la tribuna junto a su esposa y las autoridades, ella se negó modesta y cortésmente. En la plaza se instaló un entarimado en el que el alcalde leyó un brillante discurso, y sobre el que don Alejandro fue nombrado hijo predilecto de Baskerville. Asimismo, el alcalde propuso que la biblioteca fuera bautizada, en honor al hombre que la hizo posible, con el nombre de “Biblioteca Alejandro Sócrates”, a lo que la muchedumbre congregada respondió con un largo y acalorado aplauso.
El ladrido de un perro lejano sacó a Mario Sócrates de estos pensamientos. Apartando el libro de su cuerpo, se estiró para alcanzar otro cigarro de la mesilla y lo quiso encender sin incorporarse de la cama con tan mala fortuna que la cabeza del fósforo se desprendió y vino a caerle sobre el pecho desnudo. A causa de la violenta convulsión, el cigarrillo se despeñó desde su boca y fue dando trompicones por las sábanas hasta alcanzar el suelo, por el que rodó un trecho hasta perderse bajo la cómoda. El rabioso dolor hizo que se le humedecieran los ojos. Trató de aliviar su sufrimiento mojándose el dedo con saliva y pasándoselo suavemente sobre la herida. Al rato, cuando el desgarro de aquellos primeros momentos se convirtió en una tenue aunque persistente desazón, Mario Sócrates siguió rememorando.
La biblioteca de Baskerville acababa de cumplir cinco años de vida cuando sucedió la tragedia. Durante una tormenta terrible vino a caer un rayo sobre el generador de gasóleo que abastecía de corriente eléctrica el local, y que estaba situado en un pequeño habitáculo construido a tal efecto sobre el tejado. La explosión de todas las lámparas fue instantánea, y desde el techo se precipitó un reguero de llamas que fue devorando con celeridad un material que, realmente, presentaba poca resistencia: toneladas de papel, madera, plástico… Las vigas no tardaron en irse desplomando y el fuego adquirió en un momento unas inusitadas dimensiones. Esforzadamente, todos los que se encontraban en la biblioteca –que aquella tarde eran más de los habituales ya que muchos de ellos habían entrado por resguardarse de la repentina lluvia- trataban de salir al exterior, aterrorizados, gritando, llamándose por los nombres de pila, con un único pensamiento en sus mentes: salvar la vida, verse afuera, emocionados de saberse a salvo, poder abrazar a los suyos. Don Alejandro, no viendo a su hija entre el grupo de los evacuados, volvió a penetrar en la cortina de fuego dando gritos de desesperación.
- ¡Eulalia, Eulalia! ¿Dónde estás, hija? –gemía don Alejandro cada vez más intimidado por las llamas- ¡hija! ¡Eulalia! ¿Me escuchas? ¡Contéstame! ¡Eulalia…!
Uno de los supervivientes dio la vuelta al edificio y encontró a Eulalia a la intemperie, sentada en un peñasco, aterida de miedo, con un libro de cuentos medio quemado abrazado a su pecho. Se figuró que habría salido por un pequeño boquete que se había hecho en la pared posterior y, sin tiempo que perder, la tomó en brazos y la llevó donde estaba el grupo. Al verlos llegar, el alcalde gritó con todo su pecho a don Alejandro que ya había aparecido su hija, pero tal vez sus palabras fueron ensordecidas por el fuerte viento y el crepitar del fuego, o quizá el pobre hombre las oyera demasiado tarde para encontrar de nuevo la salida.
Mario Sócrates volvió a coger el viejo libro y se quedó mirando la cubierta, renegrida por fuegos antiguos, fuegos que en su recuerdo aún conservaban un peligroso rescoldo. El reloj musical dio las siete de la tarde con las alegres notas de una mazurca. Mario Sócrates sacó el último cigarro de la cajetilla y lo encendió, esta vez con una precaución extremosa.

* * * F I N * * *

miércoles, 9 de diciembre de 2009

La Biblioteca de Baskerville (II)

Mario Sócrates alargó el brazo y cogió un paquete de tabaco que había sobre la mesilla, sacó un cigarro y lo encendió con una parsimonia casi ritual. El humo azulino ascendía muy lentamente e iba creando sugerentes formas en movimiento, fantásticas siluetas capaces de emprender las más insospechadas evoluciones, aunque, si en un punto tales figuras surgían dotadas de vida, en un brevísimo instante ya sólo eran espejismo, quimera, ensoñación, alarde de prestidigitador (¡ay, efímero fingimiento!), para ser absorbidas de inmediato por un nebuloso corpus caótico que vagaba, inexorable, a ras de techo. Mario Sócrates se enjugó el sudor de la cara con un pañuelo y se dejó embargar de nuevo por los recuerdos.
Por aquellos días, don Alejandro había mantenido contactos con el Ministerio de Cultura y el ayuntamiento de la capital a propósito de la concesión de una subvención para construir una biblioteca en Baskerville. La solicitud tardó largos meses en prosperar, una prolongada espera que sembró de desánimo su espíritu, hasta que un día llegó una carta certificada que traía la buena noticia. Don Alejandro habló con el alcalde y esa misma tarde se leyó un bando en la plaza del pueblo en el que se divulgaba la novedad y se citaba a las fuerzas vivas de Baskerville a una reunión que se celebraría al día siguiente. En dicha asamblea, un convecino propuso que podría remodelarse la herrería abandonada de Matías, cuyo hijo, a la muerte de su padre, emigró al extranjero dejando el viejo casón a disposición de la alcaldía. De este modo, con el ahorro de la construcción del edificio, se podría invertir el grueso del presupuesto en libros. En un nuevo acto popular, los habitantes de Baskerville escucharon esta sugerencia de boca de su alcalde, y la debieron de considerar muy sensata, pues rubricaron su aprobación inmediatamente, con una cerrada ovación.
Los trabajos de acondicionamiento fueron penosos y duraron casi cuatro meses ya que la nave estaba muy desmejorada (algunas paredes estaban derruidas, el piso era de tierra, no había instalación eléctrica, el techo presentaba grietas), aunque para los últimos días del año ya estaba reforzado, enlosado, pintado y con las paredes revestidas de estantes, a falta únicamente de las primeras remesas de libros. Onofre, el carpintero, se encargó personalmente de construir las mesas, con largos tableros de formica blanca. Por su parte, don Alejandro quiso donar todos sus libros, y el pequeño Mario imitó su gesto cediendo su colección de cuentos y el libro que le regaló doña Minerva. Después de algunas visitas a la biblioteca de la capital, para hacerse aconsejar por la experiencia de la directora, don Alejandro confeccionó un inventario con tres mil títulos esenciales. Se formalizó el primer pedido tras una nueva reunión consistorial y, a las dos semanas, el ocho de enero –recordaba certeramente Mario Sócrates cerrando los ojos-, llegó a Baskerville una camioneta cobriza con una docena de grandes cajas de madera. Aquel día, el pueblo sufrió una euforia colectiva; todos querían estar presentes y ayudar en lo que fuera: portear cajas, quitar precintos o distribuir los libros en las estanterías. El alcalde casi les hizo un desplante al dirigirse a ellos con voz autoritaria.
- Señores, aquí no hacen falta más que dos o tres personas. Además ahora queda lo más difícil, que es ordenar y catalogar todo este material, para después ficharlo, con lo que hay tarea para largo. Mi secretario y yo ayudaremos a don Alejandro, así que ya está: gracias por vuestra colaboración –clausuraba el alcalde el acontecimiento, terminando de acomodar el último cajón de libros tras la puerta.
Mario Sócrates se incorporó para apagar el cigarrillo y coger de debajo de la cama un trozo de cartón con el que hacerse aire. Con los primeros bandazos del abanico ocasional, los fantasmas que aún quedaban en la atmósfera de la habitación huyeron despavoridos, como de un exorcismo. El reloj del salón dio las seis de la tarde con una frase campanilleada de “El humo ciega tus ojos” (el aparato tenía una sintonía diferente para cada hora del día), que contribuyó a sumergir a Mario Sócrates en la retrospección.
Fue en aquellas primeras semanas, durante la clasificación de los libros, cuando nació Eulalia, la única hermana de Mario. Fue un parto difícil a raíz del cual, su madre desarrolló una incurable enfermedad degenerativa que la habría de llevar en unos pocos meses a la tumba. No obstante, la mujer la afrontó con resignado estoicismo: daba largos paseos al aire libre, ayudaba a su marido en la administración de la biblioteca, y sobre todo leía; leía para no pensar, para evadirse de la realidad y no hundirse ante su familia, por no acostumbrarles, quizá, a su presencia constante; para hacerles así, en la medida de lo posible, más fácil la separación.
Eulalia mostró enseguida un carácter inquieto y una sublime inteligencia, en lo que llegaba a aventajar a su hermano, según aseguraban las visitas a sus padres entre cuchicheos, por no encelar al chico. Se maravillaba Mario Sócrates, con la mirada extraviada en alguna incierta región del encalado techo, de que su hermana, apenas con tres años (él entonces tenía ocho), dedujera por sí misma y antes que él, el fatal desenlace de su madre. Una noche, durante la cena, Eulalia, que hasta entonces sólo había proferido palabras sueltas, articuló portentosamente su primer enunciado sintácticamente completo.
- Pa…, papá… -llamaba la atención de su padre, para espetarle a boca de jarro- ¿es que se va a morir la mamá?
A don Alejandro se le heló la sangre y durante un rato no acertó a reaccionar. Como no juzgó oportuno denegar así como tampoco asentir con terrible rotundidad, y pensando que su hija habría llegado a semejante conclusión al observar el apartamiento deseado y la entrega de su madre a la lectura, se inventó una historia tártara que, como todas las eufemísticas explicaciones de los padres a sus hijos pequeños, sólo sirvió para desorientar aún más a la niña.
- La mamá tiene que leer mucho para hacerse sabia, porque pronto tendrá que irse a hacer un examen, que es una cosa en la que te hacen preguntas difíciles.
- ¿Y tu eres sabio, papá? –dijo la niña con una elocución impresionante.
- Yo tengo que hacerme sabio, porque un día me vendrán a preguntar a mí también- repuso el padre.
- ¿Y qué te preguntan? –volvió a demandar Eulalia, insaciable en su curiosidad.
- Eso no se sabe –contestó el padre sin pararse a evaluar el inesperado desparpajo lingüístico de su hija-. Por eso en la vida hay que aprender todo lo que uno pueda, para ser dueño de la luz, que es el saber, y no quedarse en las tinieblas –razonaba mientras se levantaba de la mesa y apagaba la lámpara, dejando la estancia a oscuras-. La experiencia, el conocimiento, es la verdadera luz del hombre –resonaba su voz en la oscuridad-, mientras la ignorancia, y más aún la necedad, es tan mala como ciertos virus que nos hacen sentir sanos hasta que se apoderan por completo de nuestro organismo, manifestándose entonces con toda su fiereza.
Eulalia rompió a llorar y don Alejandro encendió de nuevo la lámpara, sonriendo al darse cuenta del sermón filosófico que había endosado tan prematuramente a su candorosa hija (candorosa, a pesar de sus anticipadas intuiciones sobre la muerte) y, al mismo tiempo, sintiendo orgullo de sí mismo, por haber sido capaz de transformar los nerviosos ambages primeros en toda una teoría positivista de la vida. El día que murió su esposa, unos seis meses después, don Alejandro no supo relacionar el episodio de la espontánea locuacidad de Eulalia con lo que la niña hizo durante el velorio: viendo el trasiego de gente que desfilaba por la casa, Eulalia debió de pensar, con su confuso criterio, que aquél era, efectivamente, el día en que un alguien misterioso iba a inspeccionar el grado de sabiduría de su madre. Rompiendo el grave runrún de los rezos de los parientes y vecinos, la pequeña entró en la habitación, cruzó entre los deudos hecha una cariátide, con un voluminoso libro sobre la cabeza (la Enciclopedia Abreviada Larousse) y, alzándolo con ambos brazos, lo convirtió en un Libro de los Muertos al depositarlo trabajosamente, con un esfuerzo desmesurado para su anatomía, en el féretro aún abierto de su madre, con la faraónica intención de que le sirviera de manual de repaso antes de enfrentarse, cuando despertara, a aquel esotérico examen.


(Continuará...)

lunes, 7 de diciembre de 2009

La biblioteca de Baskerville (I)

El implacable sol de agosto caía con toda su fuerza sobre las polvorientas calles de Baskerville, que –al menos durante las soporíferas horas de la siesta-, no revelaban ningún indicio aparente de vida. Únicamente las cigarras, frenéticas carracas que enfatizaban aún más la sensación de calor con su insistente zumbido (creciente a ratos en intensidad y ritmo, enardeciendo así a otros tantos insectos de árboles contiguos), parecían ser los únicos seres a los que el calor no extenuaba. Los habitantes de Baskerville podían adivinarse tumbados casi desnudos sobre las camas, en el interior de sus casas de adobe, todas encaladas; las ventanas, abiertas y guarnecidas con gruesas cortinas; las chirriantes aspas de los vetustos y quejumbrosos ventiladores, girando dificultosamente en torno a un reseco y quizá algo oxidado eje.
Pasado el cementerio, la primera casa que se encontraba a la entrada del pueblo, a mano izquierda del camino terroso, y la única que tenía tejado a dos aguas (las demás presentaban techumbre plana, al estilo árabe), era la de Mario Sócrates. Esta distinción le permitía contar con una estrecha buhardilla en el piso superior donde, aprovechando la mayor ventilación, Mario Sócrates pasaba las noches tumbado de espaldas en el suelo, sobre una vieja estera. Sin embargo, durante las calurosas horas de la tarde, el tremendo calor que despedía el tejado convertía aquel cuartillo en una caldera, y Mario Sócrates no tenía más remedio que quedarse abajo en su dormitorio. Echado en cueros sobre la cama, con un libro en las manos, se entregaba a la lectura hasta la hora en la que el sol, ruborizado por su incipiente debilidad, era obligado a desalojar la cúpula celeste y se perdía, terriblemente avergonzado, tras el horizonte.
Mario Sócrates había adquirido el hábito de la lectura se diría que muy prematuramente, en su más corta infancia. Alguna vez, cuando vino al caso, en las reuniones de amigos, había declarado con orgullo que apenas con cuatro años ya sabía leer con soltura, por lo que de niño nunca sintió el deseo de que le contaran cuentos, sino que prefirió leerlos por sí mismo. Citaba, entre sus primeras lecturas, cierta colección de fábulas que un tío suyo le regaló a sus padres, con motivo de su nacimiento.
Arrastrado por estos pensamientos, Mario Sócrates acomodó el viejo libro sobre su vientre y relajó instintivamente los ojos en el blanco yeso del techo, como si buscara una tersa pantalla en la que proyectar sus recuerdos. Retrocedió cuarenta años y recordó la primera vez que su padre lo llevó a la biblioteca de la capital: centenares de cabecitas, distribuidas en hileras paralelas, ligeramente inclinadas sobre los pupitres, algunas apuntaladas por los brazos en obvia posición de estudio, se alineaban con miliciana rectitud. Mario se quedó maravillado ante la solemnidad de aquella catedral de la cultura, viendo la devoción con que los fieles comulgaban con el saber, el cual se hallaba contenido, como un misterio sacro, en aquellas cuartillas cosidas y encuadernadas. Ese día Mario se ejercitó en todos los mecanismos del funcionamiento de una biblioteca: aprendió a consultar los ficheros, a interpretar las signaturas, o a rellenar las fichas de préstamo. El padre, contemplando el entusiasmo de su vástago, quiso terminar de abrumarlo.
- He hablado con la directora de aquí –dijo el padre- y me ha dicho que quiere conocerte, Marito-. Mario sintió un ligero sofoco en el rostro mientras sus trémulos ojillos trataban de indagar en la contenida sonrisa de su progenitor. –Dijo que esta mañana, si tu querías, te enseñaría muchas cosas de la biblioteca. ¿Vamos a visitarla?- inquirió el padre.
El chico se estremeció de pura emoción y, asintiendo con la cabeza, aprobó la propuesta. Después de atravesar un largo corredor, llegaron ante una regia puerta de caoba con una placa dorada en la que se leía: “Doña Minerva Galindo Escobar. Directora”. Llamaron a la puerta y una cálida voz sonó, algo velada por el grueso portón, desde el interior.
- Adelante, pase.
- ¿Da su permiso, doña Minerva? –solicitó el padre de Mario abriendo la puerta, con el sombrero en la mano.
- ¡Don Alejandro! Pero, ¿a quién me trae usted por aquí? –celebraba doña Minerva la presencia de Mario, con amorosos agasajos- Hola, guapo. ¡Qué ojazos que tienes! ¡Ay! Si está para comérselo... –decía con improvisadas e inquietantes modulaciones de la voz- ¿Cómo te llamas, precioso?
Mario, mirándose los zapatos, pronunció su nombre con un hilillo de voz gutural apenas inteligible y sin despegar los labios.
- Se llama Mario –tradujo don Alejandro.
- ¿Es que tienes vergüenza, pillín? ¿eh? Ya eres mayor para eso, ¿no? ¿Cuántos añitos tienes?
Mario alzó su mano derecha, escondiendo el dedo pulgar tras las falanges de los otros cuatro dedos, que permanecieron un rato estirados.
- ¡Cuatro años! ¡Pero si estás hecho un mozalbete! ¿Y ya vas a la escuela?
- No, pero ya sé leer –se arrancó Mario algo molesto y con considerable desenvoltura.
La directora se regocijó al escuchar por vez primera aquella vocecilla e irrumpió en una risa aguda y arpegiada, con obvias pretensiones líricas, que podrían evocar, por poner un modelo operístico, las espontáneas carcajadas de la licenciosa Violetta Valéry, la traviata verdiana. Aquella estentórea risotada debió divertir bastante al muchacho, puesto que fueron muchísimas las veces que la volvió a rememorar durante los años venideros. Mario Sócrates, casi medio siglo después, tumbado boca arriba sobre la cama, trataría de imitarla.
Aquella primera visita a la biblioteca fue inolvidable. Como Virgilio a Dante, doña Minerva guió a Mario a través de las más profundas entrañas de aquel edificio. Visitaron la hemeroteca, donde pudieron contemplar periódicos centenarios; el depósito, que albergaba manuscritos únicos; el archivo, los registros, los talleres de encuadernación y restauración, donde había dos obreros que trabajaban con tal habilidad y maestría que deslumbraron al pequeño. A ratos, doña Minerva se dirigía a don Alejandro, de cuya conversación se desgajaban palabras confusas a los oídos de Mario: allí escuchó el chico por primera vez palabras como códice, crestomatía o incunable, y, aunque no llegaba a tener conciencia de lo que podían significar tales términos, se obstinó en memorizarlos. Cuando por fin se despidieron, doña Minerva chantajeó a Mario ofreciéndole un libro de regalo a cambio de un beso. El niño agarró el libro con descaro y lo apretó en su regazo antes de ofrecerse a besar a la directora, acción que, aunque incomodó algo a don Alejandro, terminó de enternecer a la sexagenaria solterona.

(Continuará...)

sábado, 28 de noviembre de 2009

Muñecas


En este breve e inquietante cuento se maneja uno de los elementos típicos de la cinematografía de terror, como son los muñecos infantiles (Dolls, Muñeco diabólico, etc.) en un escenario que curiosamente también será recreado posteriormente por el cine en The ring (2002): un pozo y una niña que muere en el mismo.




LAS MUÑECAS (1995)

Era una tarde de verano. Los rayos del sol caían, severos, sobre las grises baldosas del patio donde se hallaba la pequeña Verónica jugando con sus muñecas. Su tierno rostro parecía encontrar más sosiego cuando se sentía observada a través de los cristales de la puerta por su madre, la cual tejía mientras se mecía pausadamente. Las paredes encaladas del patio, blanquísimas, iluminaban la estancia interior de un modo sorprendente. En las esquinas colgaban macetones de geranios rojos y, en el centro, había un pequeño aljibe, cuyos brocales estaban invadidos por una espesa enredadera. Como cada tarde, Verónica estaba en el suelo, apoyada en el aljibe, aprovechando su sombra, y alrededor de sus piernas tenía desparramadas varias muñecas -algunas de ellas con algún miembro roto-, una pelota de goma, un payaso dominguillo que siempre permanecía erguido por más que se le empujara, y una pequeña balsa hinchable que sus padres le habían comprado al comienzo del verano. Cuando chapoteaba en el agua con las muñecas sonreía abiertamente, mostrando la angelical belleza de los cuatro años con los que contaba. Su madre, entre puntada y puntada, levantaba la vista para contemplar la satisfacción de la chiquilla, a la vez que esbozaba una leve sonrisa y le decía, con el canturreo con el que se les habla a los niños y tratando de incitar la piedad de la pequeña - Pobrecillas, las vas a ahogar, ¿no te dan penita? - a lo que la niña mostraba su indiferencia riendo con un ansia que rozaba la sordidez.
La tarde pasaba tranquila. La mecedora de la madre de Verónica permanecía inmóvil. Sus manos, posadas sobre los muslos, agarraban sin fuerza los moldes de tejer. Miró hacia afuera pero sus ojos no encontraron a la niña. Instintivamente, saltó de la mecedora y salió al patio. Corrió hacia el aljibe y en sus brocales descubrió su colección de muñecas, erguidas, más sonrientes de lo habitual, e inexplicablemente cogidas de las manos, formando un círculo que rodeaba la boca del pozo. Quedó momentáneamente petrificada ante tal visión pero, con un impulso de valor, arremetió de un golpe contra las muñecas, lanzándolas al suelo. Aterrada, asomó la cara al interior del pozo y, sobre el agua, pudo ver el cuerpo sin vida de su hija. Su larga cabellera flotaba sobre las oscuras aguas enfatizando el gesto terrorífico del cadáver. Los renegridos ladrillos interiores del pozo retumbaron por el estridente y desgarrador grito que salió de su garganta. De repente, notó unas manos sobre los hombros. Horrorizada, se revolvió y su rostro se tornó más tranquilo al ver que se trataba de Arturo, su marido. Antes de que le diera tiempo a explicarle nada, se dio cuenta de que no estaban junto al pozo sino en el interior de la estancia contigua, y que Verónica seguía jugando plácidamente en el patio con sus muñecas. Todo había sido un mal sueño.
Por la noche, durante la cena, el matrimonio bromeó sobre lo sucedido. Mientras, la luz de la luna penetraba en el pozo e iluminaba una muñeca con gesto retorcido que flotaba sobre el agua.